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viernes, 22 de enero de 2010

Ciudad






Atardecía en la ciudad un día de pleno verano.

Manejaba mi coche por las calles del microcentro porteño. Era viernes.

Los autos circulaban apaciblemente; sus conductores ya no llevaban el ritmo frenético de horas atrás. Los peatones tenían la marcha del regreso: paso tranquilo, pausado, exhausto.

Todo comenzaba a esparcirse, y aún no comenzaba a oirse el bullicio de la noche.

En mi auto sonaba Marisa Monte, que en su canción cantaba "com os pes na agua".

Sentía cansada a la ciudad. Me dió la sensación de necesitar un respiro; ése que el fin de semana le permitía lucir.

Y pensaba que contiene tanto, que nos contiene a todos nosotros, a los autos, colectivos y camiones. A los buenos y a los malos, a los que la quieren y la cuidan, y a los que no.

Era ella quien más necesitaba vacaciones. Si tuviera pies, estaría remojándolos en el agua.

Tiene suerte, pensé. En estas fechas sus habitantes se desplazan hacia otros lares, en búsqueda de lo que ella también necesita: un respiro que alivie sus asfaltos ardientes, sus plazas superpobladas, sus edificios que parecen contener ejércitos de hombres y mujeres que a diario y ruidosamente se mueven a paso firme. Disfrutar en soledad sus atardeceres refejados en el río; recuperar su belleza...


lunes, 18 de enero de 2010

Estado natural

Sentir la naturaleza formando parte de uno.

Ver caer el sol, pintando el cielo de naranja energizante, rosa pastel y al agua de violetas plateados.

Escuchar los ruidos de la noche en el campo abierto, en respetuoso silencio.

La oscuridad intensa, inmensa, abriéndose paso.

La luna sutil... delgada, con el brillo de un diamante.

El aroma intenso a eucaliptus.

Los pasos acompañados.

La brisa fresca de la mañana... como una caricia.

El regreso del verano, con sus sonidos y cantos.


martes, 12 de enero de 2010

Sabiduría V




Lloraba, triste, mirando por la ventana al viento hacer bailar a los árboles.

Sonaban de fondo las voces dulces de Marisa Monte y Julieta Venegas.

Sentía la pérdida de la ilusión, la conciencia de la complejidad, y cierta desasón.

Salí al balcón. Necesitaba sentir el viento en la cara, la brisa fresca del verano dándome un respiro.

Con la cara mojada la descubrí.

Por primera vez en un año, dió flor. Aunque su tallo está dañado, aunque hay que sostenerla para que el viento no se la lleve a volar, dió flor. Y de color violeta, el que más nos gusta en las flores a mí y a mi mamá. Sonreí. Y comprendí.

Me pregunto desde cuándo estará ahí. Si yo no había logrado verla, o si floreció anoche en plena tormenta...

jueves, 26 de noviembre de 2009

Lástima que en las fotos...




... no se huele el mar, ni se siente su brisa...!

lunes, 6 de julio de 2009

El Hombre y el Mar


No estaba frente al mar, pero contemplaba la belleza del agua de la laguna. Y necesité la fuerza poderosa de las olas de otros lares, y recordé esta canción de Spinetta, El enemigo.

Recuerdo haber escuchado al Flaco contar que Vera, que aún era una niña, le preguntó cuando vio el video: _ Pero papá, ¿a quién le cantás?_ a lo que su padre le respondió: _ Al mar, Vera, al mar...

Esto dijo Spinetta sobre su experiencia sonora de cantarle al mar: ¡Me fascinan esas olas oscuras a las que le canto y me responden en El enemigo!

Es un oleaje por momentos amenazante, como si le concediese a la escena un carácter premonitorio. Y aunque, sin presentir nosotros, en ese momento, lo que la palabra enemigo significa ahora, que la historia humana pegó un giro, esas horas de filmación, al repasarlas, contienen un presagio, sin llegar a ser éste tan oscuro como el de la realidad misma.Y nunca una letra mía tuvo tanto sentido como "madre de la vida, por favor, ilumina a la gente, ...o todo verdor y creación, y tu amor se perderán...”

Es como si esos días de playa, con la canción como única excusa, reunieran los vestigios de un mundo que ya fue, y que nos retroproyecta a avisorar el futuro de una manera mucho más profunda aún. 

En este caso lamento mis tenues profecías.

Las orillas cuentan el relato.

Yo le cantaba al oleaje y el agua me contaba de las infinitas historias del mundo.

Sorprendida, encontré en el malentendido otro relato conmovedor de una experiencia del hombre y el mar:

... Varias veces miré al mar y pensé que el mar cura. Que cura porque es nuestra memoria. Que tal vez hayamos salido de allí, porque la mayoría de nuestro cuerpo es agua salada, la mayoría del mundo también. Porque es caótico y vital como lo mejor de nuestra esencia salvaje.

Experiencias poderosas y nítidas; fusión de la inmensidad con nuestra finita y bella existencia.