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jueves, 11 de febrero de 2010

Ironía




Estaba tan bella aquella noche que hasta él se dio cuenta.



En La Mujer Justa, de Sándor Márai.

La obra es un detalle de Adele, de Gustav Klimt.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Sobre ser escritor



_ No confundir valor con permanencia, pues eso conduce al nihilismo_ musitó mientras trataba de luchar contra la depresión. Invocó sus catecismos familiares. _ Todo se desvanece _ se recordó _. Tal es la naturaleza de la experiencia. Nada persiste. La permanencia es una ilusión, y algún día el sistema solar yacerá en ruinas. _ Ah, sí, eso lo hacía sentir mejor! Y más aún cuando invocaba a Sísifo. ¿Un libro se desvanece? Pues, escribe otro libro! Y luego otro, y otro más.


De Irvin Yalom, en Desde el Diván

jueves, 3 de diciembre de 2009

Inspiración



Pensé que era el gato que había logrado infiltrarse en la habitación. Debajo de la cama se escuchaba un golpeteo incesante, desordenado, típicamente juguetón.
Aunque estaba decidida a sacarlo de la habitación, no podía dejar de leer ni por un segundo la novela que me atrapó ya en el prólogo, porque éste mismo es una historia.
Recuerdo a Alejandro Rozitchner decir que tenemos una gran ventaja quienes queremos escribir en la actualidad, y esa ventaja radica en que los géneros literarios ya no son tan estáticos: la novela puede ser un conjunto de ensayos bien hilbanados; un ensayo puede nacer del seno de una novela; muchos cuentos juntos pueden lograr una gran historia digna de ser contada.
Lo cierto es que me sorprende que un escritor logre conmoverme en el prólogo, habiendo hecho de él un cuento.
El capítulo 1 inaugura la novela y me enfrenta a una realidad inexcusable: me encanta escribir, quiero lograrlo, y tengo un enorme poder de observación.
Mientras tanto me decido a buscar al gato debajo de mi cama, y descubro que no era él quien hacía ruido.
Con las rodillas sobre el suelo, e inclinando la cabeza, recorro cuidadosamente el largo del "debajo" de la cama, y descubro qué lindo es a veces ver las cosas desde otro lugar. Desde este lugar, "el abajo", todo toma otra magnitud.
Las patas de la cama antigua, el piso color maíz brillante, los muebles de roble me hacen reconocer el sitio. Es mi lugar, sigue siéndolo, lo reconozco, y me hace feliz sentir que todo lo que se erige sobre este piso es mi pequeño y heróico mundo.
Sonriendo observo cómo mi hijo mueve sus dedos, lúdicamente, sobre el borde del otro extremo de la cama mientras se va quedando dormido, logrando ese sonido tierno que tanto logró hacerme descubrir.

jueves, 15 de octubre de 2009

Patadas en el aire


Escribo como dando patadas en el aire, no por violencia, sino por descargar fuerza sin pensar en las palabras.

Es complicado tener todo al día, las horas a veces no me alcanzan y mi energía no siempre es renovable. Supongo que no vendrá de una fuente inagotable. 

Debiera estar más atenta a esto; tal vez incluso incluirlo en mi terapia, cual cumbre de los países poderosos en tratativas de no agotar los recursos naturales no renovables.

Reorganizar se ha convertido en mi especialidad a la fuerza. Casi nada sale tal cual lo planeo, y al mismo tiempo, la mayoría de las cosas que me preocupan jamás suceden.

El nuevo mapa muestra tierras vírgenes conquistadas y por conquistar, y varias que he decidido dejar atrás, como hace un viajero que se ha empapado de un destino y de un lugar, para seguir viajando y viajando.

Es genial escribir sin saber muy bien qué querés decir. Las palabras te llevan a vos y no al revés.

Entre otras cosas pienso que día a día me siento mejor. Que se presentan vivencias que antes me parecían imposibles de sobrellevar y hoy las vivo con naturalidad, sin tanto peso.

También pienso que me quiero comprar la nueva novela de Jorge Fernández Díaz, La segunda vida de las flores. Me encanta cómo escribe este autor. Sus columnas en el ADN y en el diario La Nación me conmueven profundamente. 

Me atreví a decirle a alguien que su escritura, su forma de contar, me recuerda a la mía, o a cómo me gustaría que fuese.

Y me hago cargo.

Vale la pena.


La obra es de Polesello.

domingo, 19 de julio de 2009

Quién soy?


Les comparto un fragmento de la novela que estoy leyendo. Me deja pensando y espero que también lo haga con ustedes. Y quisiera leérselas en voz alta porque es una forma de compartir, y a la vez, un profundo diálogo conmigo misma. Invito a quienes puedan, que imaginen mi voz.

Sin embargo, cada vez que debo hablar de mí mismo me siento, en cierto modo, confuso. Me veo atrapado por la clásica paradoja que conlleva la proposición: "Quién soy?". Si se tratara de una simple cantidad de información, no habría nadie en este mundo que pudiera aportar más datos que yo. No obstante, al hablar sobre mí, ese yo de quien estoy hablando queda automáticamente limitado, condicionado y empobrecido en manos de otro que soy yo mismo en tanto que narrador -víctima de mi sistema de valores, de mi sensibilidad, de mi capacidad de observación y de otros muchos condicionamientos reales-. En consecuencia, hasta qué punto se ajusta a la verdad el "yo" que retrato? Es algo que me inquieta terriblemente. Es más, me ha preocupado siempre.

Sin embargo, la mayoría de las personas de este mundo no parece sentir ese temor, esa incertidumbre. En cuanto tienen oportunidad hablan de sí mismos con una sinceridad pasmosa. Suelen decir frases del tipo: "Yo parezco tonto de tan franco y sincero como soy", o "Soy muy sensible y me manejo muy mal en este mundo", o " Yo le leo el pensamiento a la gente". Pero he visto innumerables veces cómo personas "sensibles" herían sin más los sentimientos ajenos. He visto a personas "francas y sinceras" esgrimir sin darse cuenta las excusas que más les convenían. He visto cómo personas que "le leían el pensamiento a la gente" eran engañadas por los halagos más burdos. Todo ello me lleva a pensar: "Qué sabemos, en realidad, de nosotros mismos?".

"Sputnik, mi amor", de Haruki Murakami.