lunes, 20 de junio de 2011
domingo, 19 de junio de 2011
sábado, 18 de junio de 2011
miércoles, 15 de junio de 2011
Diálogo (30)
Las Ciudades Invisibles

De Ciudades Escondidas
La vida no es feliz en Maísa. En las calles la gente camina torciéndose las manos, regaña a los niños que lloran, se apoya en los parapetos del río con las sienes entre los puños; por la mañana despierta de un mal sueño para empezar otro. En los talleres, donde a cada rato alguien se machaca los dedos con el martillo o se pincha con la aguja, o mira las torcidas columnas de números en los libros de los comerciantes y los banqueros, o tiene delante las filas de vasos de zinc en las tabernas; menos mal que las cabezas gachas te ahorran miradas torvas. Dentro de las casas es peor, y no hace falta entrar para saberlo: en verano sale por las ventanas el estruendo de las peleas y de los platos rotos.
Y sin embargo en Maísa hay en todo momento un niño que desde una ventana ríe a un perro que ha saltado a un cobertizo para comer un poco de polenta que ha dejado caer un albañil que desde lo alto de un andamio exclama: "¡prenda mía, déjame probar"!, a una joven posadera que levanta bajo la pérgola un plato de guiso, contenta de servirlo al paragüero que festeja un buen negocio, una sombrilla de encaje blanco que ha comprado para pavonearse en las carreras una gran señora, enamorada de un oficial que le ha sonreído al saltar la última valla, feliz él, pero más feliz todavía su caballo que volaba sobre los obstáculos viendo volar en el cielo a un francolín, pájaro feliz liberado de la jaula por un pintor feliz de haberlo pintado pluma por pluma, salpicado de rojo y amarilo, en la miniatura de aquel libro en el que el filósofo dice:" También en Maísa, ciudad triste, corre un hilo invisible que une por un instante un ser vivo con otro y se destruye, después vuelve a tenderse entre puntos en movimiento, dibujando nuevas, rápidas figuras de modo que en cada segundo la ciudad infeliz contiene una ciudad feliz que ni siquiera sabe que existe".
Infinitamente gracias, Leonardo Belderrain.
La obra es de Gustav Klimt.
lunes, 13 de junio de 2011
La Confesión
Antes de morir le confiesa haberlos matado. Es consciente aún: asume las indómitas consecuencias de su revelación. Lo alivia, sin embargo, la muerte. Se desvanecen los barrotes; decide estar expuesto y vulnerable ahora que se ausenta para siempre. No necesita morir con levedad, pues su condena no lo dejaría ni dejando de ser. Se confiesa por amor. Pues el amor (comprendió en el final) es aquello que damos más allá de lo que recibiremos a cambio de la entrega. Se hablan con la mirada un instante intenso. Sus ojos denotan renuncia. Su cara, apenas perceptible, es tomada entre las manos de su mujer, quien sonríe y a la vez lo moja con lágrimas cuando lo besa por última vez en la boca.
_ Lo sabías, mujer, lo supiste siempre. ¿Cómo pudiste vivir al lado mío sin haberlo ignorado?
_ Por el mismo motivo por el que abandonaste incluso tus principios. No necesité tu inocencia para amarte, ni tu culpabilidad confesa. Mucho menos tu arrepentimiento. No necesité más que tenerte.
_ Entonces debí decírtelo. Te conminé a compartir mi condena.
_ Ya casi ni comparto tu vida, no seas injusto con nosotros; no seas tan necio de morirte sin asumir que la cobardía y la valentía son impostoras.
_ Pero yo… _ solloza con la voz quebrada_ ¿Cómo hubiera sido si te lo hubiera podido decir?
_ No me preguntaste jamás porque siempre supiste que no hubiera podido mentirte…y porque sabías que no podía decir la verdad. Perdonáme, querida, por poder tan poco.
_ Mucho menos quiero ser tu liberación. Sólo quiero amarte, no me pidas más.Pierde la compostura y se desarma en el pecho débil de su hombre, que aún la contiene. Por eso el amor.
Muere instantes después, abrazado a su mujer. Ella muere un poco también. Y con ellos, muere por fin la condena.
La escultura es de Rodin.
