jueves, 12 de agosto de 2010

Cierto día


Cierto día una muchacha encontró en medio de qué quejarse una verdadera razón para estar intranquila. Descubrió que aquellos miedos que la aquejaban cada noche con caras de monstruos y voces de ultratumba no eran más que su propia visión trágica de la vida, y que por más apasionante que fuera la lectura de Unamuno, lo mejor sería no andar viviendo a diario un capítulo de una novela desgarradamente triste.
Alguna vez le habían propuesto cerrar los ojos y ponerle forma a sus fantasmas, palabras a las voces que la aquejaban y respuestas a su propia voz. En esa dimensión los miedos se agigantaron; tan grandes e incontrolables se hicieron que llegaron al punto de convertirse en grotescos, y aquella parodia de tragedia terminó convertida en sátira.
Entonces, aquel mismo día, esa muchacha comprendió que era ella misma su peor enemiga, aunque fuera más fácil y menos incómodo creer que la culpa de todos sus males estaba afuera, o fuera de sí, para ser más precisos.
Pero aquella razón que la intranquilizaba continuaba ejerciendo la presión suficiente que llegaba a hacerla sentir que estaba a punto de desfallecer.
Todas esas ideas mezcladas y todos los intercambios que con otras gentes tuvo esos días (pasando de los empáticos y optimistas a los oportunistas que aprovechaban por un día una miseria peor que la propia) dieron como resultado las siguientes conclusiones:
Había recibido por esas horas más llamados de su gente querida que en todos los años anteriores.
Se hizo acreedora del tiempo de sus amigos, y hasta algunos le ofrecieron desinteresadamente dinero por si acaso le fuera a hacer falta.
Miró a sus hijos por más horas, detenidamente, y valoró con real consciencia la posibilidad cotidiana de verlos y escucharlos sonreír.
Le dió valor y registro a cuestiones diarias que por rutinarias las confundía con nimiedades, como tomarse una buena taza de café, tomar una ducha con agua caliente y comer fruta fresca.
Aprendió a no esperar de los demás lo que no tienen para dar, y a resignificar y agradecer lo que solidariamente le ofrecieron.
Ese mismo cierto día aprendió el concepto de "soltar el problema" para que siga su curso natural, y a identificar que si ese mismo problema se volvía cada vez más tenso y difícil de tolerar, era porque la solución estaba próxima en llegar.
Se aferró a la consciencia de que somos experiencia vital, y que en el mejor de los casos, hacemos registro cada tanto de que no nos vamos a llevar nada más de este mundo que la posibilidad (o no) de capitalizar esa experiencia.
Finalmente, concluyó aliviada, lo que se tiene siempre es mucho más que lo que nos falta.

La obra es de Danidan :)

7 comentarios:

Jime dijo...

esa muchacha sólo debería concentrarse en cosechar bien sus quinotos, hacer dulce con ellos y disfrutarlos con su gente

nos hacemos muchos mas problemas de los que realmente tenemos

claro

Maisa dijo...

Dulce de quinotos para todo el mundo!

:)

Anónimo dijo...

Hasta que te das cuenta que todos vinimos por algo. Que hasta que no lo identifiques, hasta que no lo realices, siempre estará dando vueltas... para eso, claro, hay que aprender a convivir con la falta que siempre está, y nunca desaparecerá porque es el motor para buscar ese algo.

Anónimo dijo...

Spiritual Baby! :)

Maisa dijo...

Lindos comentarios, amigos anónimos! ;)

Ximena Ianantuoni dijo...

qué lindoooo!!!!!!!!

Maisa dijo...

Un honor tu visita amiga grossa!!!
Muchas gracias!!!
Te quiero mucho!!!
;)