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miércoles, 29 de septiembre de 2010

Batallas




Quedáte ahí quietecita; aunque sigilosos, logro percibir tus movimientos. No creas que sos tan astuta como para que yo no logre darme cuenta de que estás al acecho. Aunque también debo reconocer que más de una vez has logrado tu empresa: apoderarte de mi tranquilidad para hacer resonar en todo mi ser tus malditos síntomas. Autoexigencia, disconformidad, contrariedades, mal humor, impulsividad....todo un tanto exacerbado.
¿Pero acaso quién te creés que sos para irrumpir así en mi tan pretendido equilibrio?
Cada noche llega un sueño inducido, profundo y reparador, que no obstante todas esas bondades no me permite levantarme al otro día con la energía que preciso para el afuera. ¿O será que a veces elijo utilizarla para el adentro?
¿Sabés lo lindo que se siente prepararles el desayuno a los príncipes de la casa, descubrir las cajas repletas de chucherías desparramadas en la cama por la coqueta menor, que luce una rosa en el cabello y un collar de piedras de colores más largo que ella misma? ¿Tenés idea del orgullo que se siente al escuchar a tu hijo mayor esbozar sus primeras oraciones con ga, go, gu en su cuaderno de tareas?
También es cierto que los príncipes tienen sus cuestiones mundanas, de modo que entre tanto se escuchan ridículas peleas (parecidas a las batallas que libro contigo) que me dejan en claro que la hermandad guarda esa dicotomía primal amor/odio, y que a mí me impulsan a tener ganas de encerrarme por un rato con la excusa de tomar una ducha caliente.
¿Y el afuera?, me preguntás no dejándome en paz un segundo. ¿Acaso no deberías estar en este mismo momento a punto de salir al exterior a cumplir con tus obligaciones?, insistís impiadosamente.
¿Te parece que hago poco?, te respondo desafiante. ¡Dejáme de joder de una buena vez!
Se ve tan gris el cielo, y aquí se siente tanto el calor....
Te propongo hacer un trato: por esta vez me alivianás la culpa y yo por contrapartida te asumo como una amenaza a repeler. No me podés decir que no, sé que te encanta que te asuman. Tenés un orgullo a prueba de cualquier resistencia.
Qué suerte que existen las palabras para exorcizar al menos por un instante algunos fantasmas.
Aunque tal vez sea más sensato asumirlos. "Hay que amar a los espectros, y es que todos, en tanto estamos entre la vida y la muerte, tenemos una condición fantasmática", dijo Derrida.
Resuelvo entonces aceptarte, Ansiedad. Aunque por dignidad, no me exijas que te ame.

La obra es El Grito, de Munch.

lunes, 7 de junio de 2010

El beso



La sencillez de su expresión no le impidió sentir el deseo ni percibir la ternura que le profesaba.

Amorosamente le dijo: _ Me muero de ganas de darte un beso.


miércoles, 26 de mayo de 2010

El Gran Bonete


La vida es un extraño cruce de circunstancias, sentimientos y personas.
La trama de una novela suele ser un palabrerío novato en comparación con la rica existencia de algunas almas atrevidas.

Encuentros y desencuentros confluyen en la función sin ensayo; en esta extraña escena que es la vida, que permite vivir todo sólo una vez, pues aunque siempre exista la posibilidad de otra oportunidad, cada una de ellas es una única vez irrepetible. Atreverse a vivirla intensamente es darle la posibilidad de sorprenderse casi a diario.

No tener plan más riguroso que dejarse llevar es a la vez un desafío y una locura exquisita.


En el quimérico ejercicio de tenerlo todo bajo control tal vez nos desenmascare de esa inconsciente impostura la ansiosa muerte. Y ya será entonces demasiado tarde.

Más vale no resistirse a la realidad aunque duela, ni pelear contra molinos de viento cual Quijote.

Descifrar acertijos puede convertirse en el más cruel de los laberintos de salidas incorrectas. Como ser lineal puede hacer que no aprendas jamás a ver más allá de tus narices.

¿Quién sabe?

¿Tienen que tener límites los sueños? ¿Y las fantasías? ¿Y los deseos?

Uno te dió ese beso que siempre habías soñado, y nada importa que el tiempo lo haya disuelto. El otro se acordó tarde y te llora en la lejanía, impotente e infeliz. Ése te sueña hasta despierto, sin que vos te enteres. Aquél te sigue esperando, en la más osada de las esperanzas. Y éste finalmente te ve, te encuentra, te sorprende en el medio de tus giros y malabares por sobrevivir y se mete, atrevido, en tus sueños...

La solución del enigma no se sabe quién la tiene. Y te advierto que mientras la sigas buscando tal vez ignores que la vida, como el Gran Bonete, es eso que sucede detrás tuyo, a tus espaldas, durante tu ineficaz empresa por encontrarla.

La obra es de Polesello.

lunes, 29 de marzo de 2010

Escribir



El sol entra cálido por la ventana e ilumina mi desayuno.

Se escucha bajito el bullicio de la ciudad, al que elijo sumergirme después de jugar con las palabras.

Elijo también escuchar a Norah Jones y leer algunos de mis blogs amigos. Me hacen sentir placer. Siento la emoción de quienes lo han escrito, y me enriquezco con sus palabras.

Min manos se reflejan en el monitor de mi notebook mientras escribo, y me hacen sentir el deseo de dedicarme, alguna vez, de tiempo casi entero a escribir.

Es un trabajo, además de un placer.

Me imagino escribiendo para siempre, atravesando con mis palabras las distintas etapas de mi vida.

Quien siente placer de escribir aprovecha los medios que se erigen a su alrededor para lograr su empresa. Blog, Facebook, Twitter, y el íntimo cuaderno llevado siempre en la cartera, donde las palabras se deslizan a mano y mente libres.

Siento que debo darle las gracias a todos los que se expresan de uno u otro modo escribiendo porque así la riqueza se comparte, y la rueda sigue girando y girando...

domingo, 3 de enero de 2010

Relatos y sueños de Navidad


Dicen que hay cosas que sólo pueden suceder en Navidad. Casualidad de la víspera navideña o misterio de la vida, el día anterior a recibir la invitación desde Francia para escribir estas líneas, Octavio, un amigo entrado en años y en sueños, compartió conmigo su amor por París. Dice que ama esa ciudad desde niño, y realmente lo comprendo, pues mi hijo de cinco años me convoca a viajar a “París, Francia, para conocer la Torre Eiffel”.
Aunque Octavio nunca vivió una Navidad en París, lo invité a volar con su imaginación para volver a su amor un 24 de Diciembre. Sus ojos se iluminaron de asombro, pues me confesó no habérselo imaginado nunca. 
Pero como es un soñador, no le costó imaginarse en el restaurante del segundo piso de la Torre Eiffel cenando y viendo desde esas alturas la ciudad de las luces vestida de Navidad, sintiendo por primera vez esa fiesta en invierno.
En Buenos Aires, con el verano ya instalado, la Navidad es una fiesta tradicional donde se propicia el encuentro con familiares y amigos. Con creencias religiosas o no, se festeja con mesas grandes llenas de comida y bebida, pues es bien sabido que en Nochebuena y Navidad el paladar se da sus lujos.
Se sirve comida fría por el calor, que contrasta y hasta se contradice con los típicos postres navideños de climas fríos: turrones, pan dulce con frutas secas, nueces y garrapiñadas. Y eso sí: la infaltable ensalada de frutas que de tan abundante seguimos disfrutando día y noche.
La ciudad viste a sus árboles para la ocasión, y se vuelve aún más bella y luminosa.
Las crisis argentinas permitirán más o menos presupuesto, pero lo que nunca falta en el árbol navideño son los regalos para los niños. En buenas épocas económicas hasta nos damos el lujo de regalarnos alguna nimiedad entre los adultos, y somos cuidadosos de aclarar con suficiente antelación cuando se decide lo contrario, no vaya a ser cosa que alguien se quede mirando el árbol con las manos vacías.
Se intenta llegar a las 12 de la noche ya bien comidos, para contar regresivamente el último minuto que nos abrirá el juego de los brindis, los abrazos, los besos, los fuegos de artificio y alguna que otra lágrima de emoción. 
Ya pasadas las 12 empieza verdaderamente la fiesta, y si la alegría de la reunión ayuda bailamos hasta bien entrada la madrugada, mientras vamos riéndonos de alguna que otra borrachera…
Nada puede salir mal en Navidad; a su alrededor hay magia y alegría.
Como alrededor de París, hay belleza y romanticismo.
Mi amiga Françoise, “bien colombiana” según se autodefine, vive en Francia desde hace varios años. A través de sus palabras descubrí que su Colombia festeja la Navidad de manera bastante parecida a mi Argentina, con la diferencia que en su tierra el festejo culmina en Nochebuena, pues desde el 16 de Diciembre celebran la “Novena de Aguinaldos”, que consiste en reunirse en una casa para rezar, compartir la historia del nacimiento de Jesús y cantar villancicos, tradición tan arraigada que hasta la comparten aún los no religiosos. Cada día una casa distinta reunirá a familiares y amigos alrededor de buñuelos, almojabanas, natillas y otros platos típicos de esa fiesta, buena bebida y un momento ideal para disfrutar de la compañía de los seres queridos. Su Bogotá natal se viste año tras año de más y más luces navideñas, que los bogotanos disfrutan de paseo por la ciudad. Como en Argentina, en Colombia también los regalos se reciben en Nochebuena.
En Francia vive la Navidad con la misma diferencia que nosotros: familiares y amigos se reúnen el 24 de Diciembre, sin ser la culminación de largas noches de festejo previas.
Cuenta que en Francia la cena de Nochebuena es un deleite, que puede llevar a sus comensales a compartirla horas y horas, pero que sin embargo duermen temprano, pues los regalos se reciben a la mañana del día siguiente.
Aunque vuelo con las historias que escucho narradas con tanto amor por París, en verdad no logro imaginarla. 
Y ahora es mi amigo Jole quien en nuestra Buenos Aires natal me dice que “El mundo es perfecto porque existe París”, y que aunque yo crea que puedo imaginarme lo que sentiré al conocerla alguna vez, ella se encargará de superar mi rango conocido de emociones. Y sentencia: “París es la belleza”.
Le pregunto a Octavio cuándo volverá a su ciudad tan amada, y me conmuevo al escucharle decir “De París, no me fui nunca. Mientras trabajo aquí, camino por sus calles”.
Será cuestión entonces de pedir en estas vísperas navideñas que Papá Noel les conceda a todos ellos sus deseos, mientras contagiada de entusiasmo a través de sus ojos enamorados y sus palabras de amor, yo pido ver por primera vez, junto a los mismos ojos vírgenes de mi hijo, la anhelada Ciudad Luz.  


Este artículo lo escribí a pedido de una revista de cultura hispanoamericana y francesa. Como no se publicó el número que lo contendría, lo comparto en mi blog.
Muchas gracias a Octavio, Françoise y Jole por la ayuda y la predisposición tan amorosas.
Gracias especialmente a mi hijo, creador de sueños.
Experiencia enriquecedora y formadora, de una aprendiz del juego de las palabras...


martes, 29 de diciembre de 2009

Una noche como esta



Llegué al lugar antes de lo previsto. El viaje duró menos de lo que esperaba y me sentí aliviado.

Fue un día exigido, de esos en los que las horas derriten los relojes. El calor, sofocante. La ciudad aún ardía.

Caía la noche y parecía darme una tregua. El lugar de llegada también.

Pero ella no respondía a mis llamados. No obstante, pensé, era imposible un desencuentro. Habíamos hablado hasta hacía pocos minutos.

Decidí estacionar el auto frente al edificio en el que vivía y caminar. No recordaba piso ni departamento.

Mientras caminaba ansiaba aire fresco, tanto como volver a verla.

Sin rumbo, me detuve frente a un edificio abandonado, sucio, hediondo. No supe exactamente por qué, pero algo llamó mi atención inmediatamente.

Unos hombres estaban sentados a una pequeña mesa. Alrededor jugaban niños.

A esas instancias me convencí de que la tregua no existiría; escuchaba todavía en mi mente el solo de saxo de esa canción que me acompañó durante el viaje, oscura e intensa como ese calor y esa imagen de polaroid imaginaria que no dejaba de observar.

Sentía la camisa pegada en la piel. Me desabroché más botones.

Logré descubrirlo: me atrapó la partida de ajedrez jugada en esa vereda.

Un barrio, pensé, logra conservar alguna de estas cosas.

Sonó el celular. Era ella. 

Por fin, acudí a su encuentro.


lunes, 23 de noviembre de 2009

Con ojos de niña


Aunque nunca abandoné la capacidad de asombro, aunque sé que mi sensibilidad hace posible que me conmueva profundamente frente al sentido, y aunque sigo llevando conmigo el germen de la rebeldía, no había tenido tan claro hasta hoy el valor de seguir viendo con ojos de niña.

Con esa mirada que permite atravesar por primera vez algo, y sentir el descubrimiento frente a mis ojos.

La posibilidad de sentir como si fuera la primera vez un paisaje, un aroma, un encuentro, una caricia, e invadirme de inspiración.

Lo que hasta ahora no comprendía de mí misma, sale a la superficie de mi conciencia para irrumpir gritando: Quiero crear!

En este deseo está íntegro mi Ser. Ese único e inigualable "Yo" que explora, se atreve, se emociona y crea.

Nunca estuve más segura de mí misma, ni de mis inseguridades.

Es la etapa en la que me asumo como soy, sin necesitar que nadie más lo confirme.

Y en la que más disfruto compartir un ida y vuelta que me enriquezca.

La experiencia y el camino recorrido frente un mundo delante de mis ojos de niña.

En palabras de Oliverio Girondo, descubro que mirar con ojos de niña es trasladar al plano de la creación la fervorosa voluptuosidad con que, durante nuestra infancia, rompimos a patadas todos los faroles del vecindario.


La foto es de Marcos Adandía. 


domingo, 8 de noviembre de 2009

Inseguridad



Tengo que escribir un artículo y no sé cómo empezar ni qué decir. Es casi la primera vez que lo hago "por encargo" y lo más inquietante es que me piden que lo escriba de modo fluído y espontáneo, como suelo hacerlo, porque justamente por eso me lo han solicitado.
Escucho en mi mente tantos consejos del taller de Proyectos de Escritura, pero siento inseguridad y temor de hacerlo.
Tengo que escribir porque me obligo a mi deseo, y entonces la exigencia está en el lugar correcto.
Tal vez sea buena consejera la desconexión, para que las palabras fluyan y con ella mi mente.
Estoy frente a un nuevo desafío, y eso me produce excitación e inseguridad. Por qué no decirlo?
Estaré a la altura? Lograré transmitir emociones? Seré capaz de hacerlo?
Ni siquiera sé si será bueno estar diciendo esto en voz alta, quedarme en evidencia. Sin embargo, como tantas otras veces, prefiero ser auténtica y admitir mis límites, como primer paso hacia adelante, hacia la superación de los miedos. Trabajo en ello. Pienso por escrito. Me dejo fluir, de modo que algo saldrá a tiempo.
No existe para mí ninguna otra posibilidad!

sábado, 3 de octubre de 2009

Un pedazo de vida



El actor no es ése que hace de otro; el verdadero actor es el otro.

Se transforma, se va de sí, le deja lugar a quien se alojará en él y empezará a hablar con su propio lenguaje, con sus propios gestos, con su propia voz.

El actor que cree que es ese otro, se deja atravesar por la experiencia. Si no logra creerlo, su público tampoco lo hará; lo verá inerte y desdoblado, sin vida.

Si lo logra, en el escenario sucederá un pedazo de vida. No sucederá ficción. Sucederán las vivencias de esos que llegaron y se instalaron en el escenario, contenedor de sueños... 


Dedicado a mi papá, ser sensible y conmovedor, compañero incondicional de mi vida... 

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Primavera


Le agradezco al viento

que te cruzara

detenida en esa esquina.

Que acariciara tu cuello

y me trajera consigo tu perfume.

De haberlo sabido

le hubiera pedido

que susurrara en tu oído

todo cuanto quisiera decirte,

y que jugara con tu pelo.

Esa tarde de incipiente primavera

en la que los capullos comenzaban a ser,

tú fuiste mi flor,

en bella y espléndida juventud.


Imagino a un hombre diciéndole estas palabras, con la mirada, a una mujer... 

sábado, 19 de septiembre de 2009

Amanda y Julián



Llevaban mil años de casados. Ambos superaban largamente los 80 años, y seguían enamorados.

Su amor no sólo era motivo de charlas familiares, sino también de las tertulias del barrio.

Eran una especie en extinción.

Profesaban su amor públicamente, con sorprendente alegría.

Más de una vez él le preguntaba a los demás, mirándola a ella, ¿no es hermosa esta mujer?, y ella se sentaba en su falda, cual adolescente embelesada por las palabras de su amado.

Por supuesto que no hablaban de su intimidad en público, pero se pululaba por ahí que además, seguían siendo amantes. Y no era tan raro de imaginar, si se tenía en cuenta que Amanda se restaba diez años en el carné del club del barrio para que le permitieran jugar al tenis cada semana.

Pero la vida llega a su fin para todos, incluso para los enamorados.

Julián enfermó y Amanda lo cuidó compasiva y amorosamente durante todo el trayecto que lo conduciría a su irremediable final.

Durante ese tiempo se hablaron más con las miradas y las caricias que con las palabras. Lograron desarrollar un lenguaje similar al de los Elfos.

Una mañana Amanda despertó y descubrió instalada en el cuerpo de su Julián a la ingrata muerte.

Dicen que se quedó acostada a su lado varias horas mirándolo por última vez yacer en la que fuera por miles de años la cama de ambos.

Sólo después de acompañarlo en ése, su último viaje, y de despedirlo con los besos que a él más le gustaban, llamó a la familia para dar la triste noticia.

Aún lo llora, y dicen que ruega viajar hacia su encuentro.

Resultó cierto un amor bajo el dogma “hasta que la muerte los separe”, habiendo vivido, increíblemente, el profundo sentido del encuentro. 

jueves, 17 de septiembre de 2009

La Habitación


Aunque la casa era grande, a Tomás le llamaba particularmente la atención aquella habitación del final del pasillo. No era más grande ni tenía más atractivos que la de él, pero le resultaba enigmática.
La puerta permanecía cerrada con llave y estaba muy claro entre los miembros de la familia que nadie podía entrar allí… a menos que la tía Elena lo permitiera, cuando venía a la casa los lunes.
Nadie decía en voz alta la razón por la que esa habitación seguía siendo de la tía Elena. Tomás tampoco se atrevía a preguntar. Después de todo, cuando él nació, esto ya sucedía de este modo.
Lo cierto es que los lunes la tía Elena llegaba, entraba sin tocar el timbre, saludaba a quienes estuvieran en la casa, a veces tomaba unos mates con su hermana Isabel y luego abría su habitación, para instalarse hasta el día siguiente, cuando el despertador marcara las 7.
Todos los lunes la misma y extraña rutina.
A veces la regla se rompía y la tía Elena dejaba la puerta abierta de la habitación, mientras la ventilaba y limpiaba, escuchando música o mirando de reojo la novela de las 6 de la tarde.
En esas ocasiones Tomás entraba a la habitación sin pedir permiso, no fuera a ser cosa que le impidieran el acceso.
Charlaban con la tía Elena de nimiedades o de la escuela, mientras Tomás inspeccionaba con la mirada minuciosamente el lugar.
Aunque era un niño, tenía edad suficiente para elucubrar en su mente las hipotéticas razones por las cuales la tía Elena conservaba en la que fuera la casa de su infancia aquella habitación, aún cuando tenía su propia casa, que compartía con su marido y sus dos hijos.
Los argumentos que tejía Tomás iban desde que su tía se peleaba con su marido los domingos, hasta imaginar un encuentro furtivo con un amante los lunes. Sin embargo, logró razonar, la ventana tenía rejas y nadie durante la madrugada ingresaba por la puerta de entrada de la casa, que su padre cerraba cuidadosamente cada noche.
A medida que pasaban los meses Tomás perfeccionaba y complejizaba las hipotéticas razones; incluso llegó a pensar que su tía ejercía alguna actividad ilícita.
Como fuera, lo cierto es que nadie preguntaba ni respondía nada al respecto, y a Tomás el enigma cada vez lo inquietaba más.
Así fueron pasando los años, y la habitación permanecía siempre igual, bajo el estricto señorío de su tía Elena.
Aquél enigma le permitió a Tomás desarrollar un riquísimo poder de imaginación que lo llevó incluso, a plasmar algún que otro cuento.
También le permitió disfrutar de momentos de soledad, y de buscar la compañía de sus amigos para ahuyentar ciertos fantasmas.
La complejidad con la que aprendió a pensar se la debía a su tía Elena, de eso no le cabía la menor duda, pero su gran desilusión también.
Ya no era un niño cuando se atrevió a preguntarle por primera vez por qué esa habitación era suya, y por qué cada lunes dormía en ese lugar.
Estaba dispuesto a escuchar la historia más aterradora y escalofriante, o la más desgarradora o fantástica, pero nunca durante todos esos años se había preparado para escuchar una razón tan poco creativa.
Por su parte, la tía Elena parecía haber estado esperando todo ese tiempo a que alguien le preguntase sus razones, porque cuando respondió, lo hizo con necesidad de ser escuchada, a juzgar por lo ceremonioso y categórico de su discurso.
Literalmente, Tomás le preguntó: _ Tía Elena, ¿por qué esta habitación es tuya si vos tenés tu casa?
A lo que Elena literalmente le respondió: _ Tomás, porque ésta también es mi casa. Era de mis padres, es decir, de tus abuelos, y cuando ellos murieron, tus padres decidieron venir a vivir aquí. ¿Y sabés? Aunque sea una vez a la semana a tus padres les queda claro, se les hace visible y palpable, que ésta también es mi casa.
Sin decir ni una palabra Tomás se dio la vuelta y salió de la habitación, desilusionado y convencido una vez más, de que el universo mental de los adultos estaba repleto de sin razones.

lunes, 31 de agosto de 2009

Volar...





No se me importa un pito que las mujeres

tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;

un cutis de durazno o de papel de lija.

Le doy una importancia igual a cero,

al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco

o con un aliento insecticida.

Soy perfectamente capaz de soportarles

una nariz que sacaría el primer premio

en una exposición de zanahorias;

¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,

bajo ningún pretexto, que no sepan volar.

Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,

tan locamente, de María Luisa.

¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?

¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo

y sus miradas de pronóstico reservado?

¡María Luisa era una verdadera pluma!

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,

volaba del comedor a la despensa.

Volando me preparaba el baño, la camisa.

Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...

¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,

de algún paseo por los alrededores!

Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.

"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,

ya me abrazaba con sus piernas de pluma,

para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia

que nos aproximaba al paraíso;

durante horas enteras nos anidábamos en una nube,

como dos ángeles, y de repente,

en tirabuzón, en hoja muerta,

el aterrizaje forzoso de un espasmo.

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,

aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!

¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...

la de pasarse las noches de un solo vuelo!

Después de conocer una mujer etérea,

¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?

¿Verdad que no hay diferencia sustancial

entre vivir con una vaca o con una mujer

que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?

Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender

la seducción de una mujer pedestre,

y por más empeño que ponga en concebirlo,

no me es posible ni tan siquiera imaginar

que pueda hacerse el amor más que volando.


Oliverio Girondo


La obra es de Leopoldo Presas.

sábado, 29 de agosto de 2009

Como Ella



Había olvidado que podía ser como Ella.


Que podía contornearme, arquear mi espalda, y hasta reptar.


Me llevó segundos recordarlo.


Cambié la piel para sentirme más bella, para brillar con colores nuevos y encandilarte.


Recordé, que como Ella, puedo ofrecerte la manzana y hacerte perder la cabeza.


Para después reposar tranquila.


Ingrata y solitaria.


O enredada entre tus piernas y aferrada, aunque sea por un instante, a tus brazos fuertes.

lunes, 24 de agosto de 2009

Féminas



Ser fémina me permite necesitarte, hombre.

No convertirme en fálica (luchar por eso), te asegurará el lugar que quiero darte.


La debilidad a veces se siente insoportable, y es en ese momento, donde más necesito tu cobijo.

Tus brazos fuertes, tu altura que me sobrepasa y me envuelve.


Aunque no parezca, soy capullo.
Pequeña, frágil, futuro.


Ser fémina no me impide ser felina,

ni lamer tu cuello en el menor descuido.

Tampoco herirte.


Pero no quiero.
Prefiero necesitarte, aunque me ahogue en un grito mudo.



La fortaleza es sólo aparente.

No es una impostura, sino una falsa idea de quien no sabe verme.



En verdad, mis fuerzas nacen de tus abrazos.

Y así, ellas, hasta pueden convertirse en sostén de ambos.


Dedicado a mis queridas féminas Jime y Magah.


La obra es de Klimt.

sábado, 15 de agosto de 2009

Ser mil veces otro



Imagino que ser actor es tener la posibilidad de ser mil veces otro. De cambiar de piel con cada personaje, de sentir lo que le pasa a miles de personas diferentes de uno, de estar en los distintos roles de la vida sin tal vez haber estado en casi ninguno. Y al mismo tiempo, de tener la posibilidad de volcar el propio Ser en cada nuevo desafío.


Imagino que ser actor es poder exorcizar los demonios, yendo a esos recónditos lugares a los que nunca nos atrevimos a llegar. Del mismo modo, imagino que es el esfuerzo sobrehumano de comprender y ser realmente otro, ese otro que incluso, odiásemos ser.


Ser actor lo imagino como la posibilidad de volar con las alas de la imaginación, del esfuerzo, del alma.


Cada escena es una conquista, cada ensayo un proceso creativo complejo y enriquecedor. Cada estreno una celebración, un punto de llegada, y uno nuevo de partida.


Cuando el actor actúa se sale de sí mismo, su cuerpo toma la forma de aquel otro al que interpreta, al que le presta la voz, como si se apoderara de él... Deja de ser, para dejar ser.


Mientras la obra transcurre lo hace a su propio tiempo, en un mundo paralelo hecho para la contemplación, el descubrimiento y el disfrute.


Como espectador, uno no puede creer que los actores no sean esos a los que interpretan.


Si lo ves al malo te cruzás de vereda. Si te topás con el bueno le reconocés sus dones.


Cuando la obra termina algo se esfuma, los espíritus se alejan y cierto dolor circula: el del final. La energía se va apagando, y entonces renace el esplendor con el calor de los aplausos, que permite al que los dedica decir con el cuerpo gracias por tanto deleite, y a los que los reciben, supongo, les devuelve la alegría, permitiéndoles recuperarse de tanto haber dado, para tener una vez más la ilusión de que el mundo de ficción volverá a nacer, para llenarlos de gloria.


Imagino que ser actor es ser mil veces otro, y tener la increíble posibilidad de, aunque sea por un instante, dejar de ser uno.

La imágen es de Google, y se llama "Teatro del Recurso".

sábado, 25 de julio de 2009

Mi primer amante


Lo contemplaba manso; otras veces bravío.

Sin decir nada, voluptuoso, me invitaba a formar parte de él.

A veces me recibía con calma, y entraba en mí como una caricia.

Otras veces, exultante, me penetraba y me expulsaba, salvaje.

Amaba su olor a sal, sus partículas doradas invadiendo mi cuerpo.

Sintiéndome parte de él me dejaba llevar hasta donde quisiera arrastrarme, entregada totalmente a sus bruscos movimientos que me hacían sentir viva.

Mientras rodábamos el éxtasis me invadía, y ya en su orilla, sonreía feliz.

Su fuerza arrolladora me enfrentaba a mi diminuta existencia.

Su energía me vigorizaba.

Su calma final, su expulsión, me devolvía junto a su espuma el sentido de mi Ser.

Mi primer amante, fue el mar.

sábado, 11 de julio de 2009

Veinte años y una de Jazz

Los veinte años que los separaban a la vez los unía. Veinte años sí que no es nada. Ella aún una mujer en la flor de la edad; él con veinte inviernos más encima tenía la experiencia a flor de piel. Eso a ella la seducía, además de sus incipientes entradas, su sacos sport llevados siempre con remeras debajo; nunca una corbata. Y su histrionismo. A ella le seducía más que nada su autenticidad, su verborragia y sus chistes de hombre atorrante, de mundo, pero refinado. De esos que encontrás en un bar típico de Buenos Aires, preferentemente con amigos, unas barajas de por medio y el siempre fiel on the rocks a su lado. O solo en la barra, mirando las botellas que se erigen delante, mientras cruza algunas palabras con el barman y mira a alguna que otra mujer que entra o sale del zaguán.
Adoraba el jazz, igual que ella, pese a aquellas veinte temporadas de diferencia. Punto de encuentro, y de salida.
Ella lo conoció en otro ámbito, él tal vez casi ni la registró. Tal vez...
No hizo falta que se hiciera notar, el jazz lo hizo por ella. A él le llamó la atención una joven acompañada sólo por una copa de vino, disfrutando conmovida de aquel contrabajo que sentía que tocaban para ella. Se acercó y la invitó a compartir la velada, y ella finjiendo sorprenderse le dijo primero quién era, lo que hizo que el hielo se rompiera y él se sentara automáticamente a su lado, sin esperar respuesta a su invitación. A él le gustó descubrirla en aquella mesa contigua, sin dudas, pero más le gustó recordarla sentada entre tantos otros, tomando apuntes de sus clases de posgrado.
La noche transcurrió mansa, agradable. Hablaron de cine, de literatura, y claro, de jazz. Las copas de vino de ella iban y venían, y los on the rock de él parecían no agotarse nunca.
Fin del show. Aplausos calurosos sostenidos eufóricamente de pie, lo que a ella la enfrentó con la realidad de no poder sostenerse de ese modo mucho más tiempo. Él lo notó, pero como un buen caballero, no le dijo nada. La invitó a salir al patio de aquel bar viejo de Buenos Aires, con la excusa de compartir un cigarro. A ella el aire frio en la cara la hizo renacer. Pero no reaccionar. Estaba allí con él, y estaba dispuesta a todo.
Los cigarrillos se consumieron, las brasas se apagaron en el suelo y entonces él la invitó a llevarla a dónde ella quisiera, o a dónde necesitara ir. _ A dónde quieras_ le respondió. A buen entendedor, pocas palabras.
Su departamento era sencillo pero lo representaba muy bien. Lo que más le gustó fueron los cuadros en cada ambiente; ella amaba el arte.
El café sirvió para aliviar algunos síntomas de la borrachera de ambos, pero en menos de lo que ella esperaba estaban enlazados entre las sábanas blancas. Él la desvistió sin prisa pero sin pausa, disfrutando cada centímetro de piel joven que iba descubriendo. Su blancura lo impactó. Ella intentaba hacer lo mismo con él, pero estaba tan anodadada con su cara de deleite, que cuando estuvo desnuda se dió cuenta que sólo había logrado sacarle la remera. Suficiente. Era todo lo que anhelaba de un hombre, un pecho fornido y fuerte. Su piel dorada a ella también la deleitó. Él siguió desvistiéndose seguro, sin importarle que los años de diferencia acusaran algunas formas diferentes a las de los hombres de la edad de ella. A ella le encantó, porque en cada diferencia veía la voz de la experiencia, y esperaba ansiosa que se lo hiciera sentir.
Y lo hizo. Y ella también, porque no por joven no sabía amar.
Diciendo casi lo necesario se movieron como al compás de una de jazz. Él manejó la situación y ella se dejó llevar, y de a ratos soltaba su mano y ardía de pasión juvenil, no dejando de mirar ni un segundo la cara de él sorprendido y extasiado, sintiendo tanta mujer en tan poca edad. Quedaron colmados del otro. Aquellos veinte años de diferencia era lo mejor que tenían, porque no eran distancia, eran encuentro.
El lunes fue atípico. Ella no podía quedarse quieta en la silla y temía levantar la mirada cuando él entró al aula. Él lo hizo sin pasar desapercibido, como siempre. Y delicadamente le regaló una sonrisa mirándola a los ojos, llena de ternura y complicidad.

miércoles, 1 de julio de 2009

Economía del Tiempo

¿Hace falta explicar cuán valioso es el tiempo en cualquier proceso de la vida?

Hago "Economía del Tiempo" mientras reviso si mi blog recibió nuevos comentarios; en una nueva "pestaña" chequeo mis mails, mientras voy ordenando en mi mente las tareas laborales que ocuparán mi día.

¡Agenda que te has hecho carne! ¿Qué haría yo sin ella...? Si hasta agendo cumpleaños familiares, porque uno es tirano frente al tiempo y un "feliz cumpleaños" tardío puede llegar a ser motivo de desheredación...

Y vuelvo a casa y abrazo a mis hijos, mientras me voy sacando el reloj, los aros, los anillos y cuántas más chucherías me haya puesto encima ese día. Recolecto el pijama, la bata y mis pantuflas mientras juego y mimo e intento satisfacer a todos por igual... ¡porque me incluyo! Reposar unos minutos después de un día agotador no es precisamente lo que puedo hacer al llegar a casa.

¡Y a bañar niños juntos, se ha dicho!, (aprovechando que se copan con las travesuras que terminan con mis gritos suplicando que no me incluyan en su baño...) Listos y hasta con el cabello secado, abro la puerta y ... ¡vayan!. ¡Batalla campal que has quedado instalada! Desagoto la bañadera, mientras selecciono ropa sucia/ropa limpia, acomodo los juguetes acuáticos y voy para la cocina a calentar algo de comer (cocinar era de otras épocas).

Y mientras lavo los platos luego de la cena me resigno a la hora feroz de la noche, donde las pilas parecen habérseles cargado y así corren de un lado al otro y saltan en mi cama, cual conejitos Duracell.  

Forzadamente los llevo a la calma, poniendo cara de enojada o ordenándoles con el dedo inquisidor ¡a lavarse los dientes y a dormir!

Y ahí vamos con la rutina más exhaustiva: darles algún que otro jarabe para el resabio de la tos, mientras Manu hace pis y su hermanita simula tener lo que le falta, parada frente al bidet imitando a su ídolo.  Lavado de dientes por 3, yo medio de costado y en el poco espacio que me dejan, y por fin a la cama... ¡de mamá! Sí, se hace "lo que se puede", ok?. "Como debe ser" en tiempos de crianza tiene escaso lugar.

Dibus, velador, osos respectivos, y vamos bajando deciveles, mientras aprovecho que los párpados me aguantan para sacar mi tan preciado cuaderno negro a lunares blancos, logro del taller Proyectos de Escritura. Claro que la cosa no es tan fácil: mientras vuela alguna patada, Paz me dice "pintar, pintar" y logro persuadirla de que vuelva a acostarse, y le hago saber que no es hora de pintar, sino de que mamá intente escribir. Mamá, ¿qué estás haciendo?, pregunta Manu, a lo que vuelve a preguntar con mi respuesta: ¿escribiendo?.

Y me cuenta: "¿Sabés mami que en la paya encontré una planta marina, pero en realidad no era una planta marina, era una flor marina, y tenía que esperar hasta la primavera para que florezca. Yo no sabía que en el mar había cosas tan lindas".

Y por fin se duermen. Ya se quedaron quietos y se entregaron a los brazos de Morfeo. 

Mientras tanto y en el cuaderno logré escribir estas líneas, que no es poco.

Y los ojos me arden, siento la garganta seca y decido ir por un vaso de agua.

Las cortinas de tela se mueven por el viento que las traspasa, helado.

Y por último, para bajar la excitación que me genera escribir, decido leer unas páginas de "Cartas a un jóven poeta" de Rilke, excelente acompañante para una aprendiz de escritora en plena andanza...

La obra es un Danidan.