lunes, 2 de marzo de 2009

El objeto de deseo

 
Hace unos días me quedé sorprendida viendo un programa de investigación periodística en el que denunciaban la existencia de una banda de delincuentes que seducía y luego estafaba a pretendidos consumidores de artículos de lujo. Los coqueteaban a la salida de los negocios donde vendían aquellos ansiados objetos, diciéndoles que se los podían vender a menor precio, claro está, en el mercado ilegal. Lo cierto es que varias “víctimas” pisaron el palito, obteniendo como resultado la pérdida del dinero, y la imposibilidad de acceder ni a la mitad de aquél deseado fetiche, un plasma de 48 pulgadas, por ejemplo.
Los denunciantes estaban indignados. Los periodistas, abocados en dejar bien en evidencia a semejantes criminales.
Y yo me quedé pensando: ¿Qué lleva a una persona a convertirse en víctima de esta situación? ¿Qué problema hay con que no podamos acceder a ciertas cosas o servicios? ¿Quién nos hace creer que podemos alcanzarlo todo? ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar o qué riesgos estamos dispuestos a asumir para alcanzarlas? ¿Cuál es nuestro objeto de deseo? ¿Qué sentimos cuando lo alcanzamos? ¿Acaso eso nos hace seres humanos felices?
Muchas preguntas, muchas respuestas.
No me interesa juzgar la situación, sino pensar en ella.
Me fascinan los cambios; el mundo avanza a un ritmo vertiginoso. La posmodernidad nos trajo nuevos paradigmas. La cultura, la tecnología, las relaciones laborales y personales, todo cambia. Me entusiasma entender esos cambios, enfrentar nuevos desafíos. Será por eso que me fastidia tanto y me parece tan triste y de criterio pobre, aquél pensamiento de que “todo pasado fue mejor”. La evolución es lo mejor, aún cuando algunos cambios no sean favorables. Otra vez: ¿Quién acaso podría pretender que todo cambie para bien?
En La Nación Revista del 22 de febrero último, se publicó un artículo muy interesante cuya pregunta cae como anillo al dedo: ¿Qué nos da felicidad? Pareciera que esta pregunta es más habitual que nos la hagamos en “tiempos de crisis”, en lo cuales ya no podremos acceder a lo que queremos, al “objeto de deseo” que nos haría “felices”. En realidad, me parece que la audacia del pensamiento consiste en tratar de responder esta pregunta con el afán de saber si en tiempos “normales” o “prósperos” somos realmente “felices”. El desarrollo del aquel artículo es riquísimo, por eso les cito textualmente algunas partes:

Dejar de tener, de comprar o de poder consumir genera incertidumbre e insatisfacción, pero a la inversa, no parece haber un vínculo inmediato entre la recuperación de esos cupos y un atisbo de la felicidad (…) Clive Hamilton, retrata en “El fetiche del crecimiento”, un drama actual de la sociedad Occidental: “Cuanto más queremos tener, más infelices somos.” (...) Sobran las pistas, parece, para sospechar que entre dinero, consumo y felicidad no hay una relación directa (...) Quizás el malentendido provenga de confundir placer con felicidad, cuando en verdad no son sinónimos, sino antónimos. El placer tiene una base sensorial, es fugaz, nace del deseo y se disipa una vez percibido para dejarnos con necesidad de más. La felicidad, en cambio, puede describirse como una integración de sentimientos y emociones que aquieta las pasiones, armoniza el mundo interior, tiene resonancias espirituales y es un estado que se instala y fluye sin prisas (...) A estas alturas, quizá pueda decirse que “la economía de la felicidad” no es una economía que pase por el dinero o por lo reducible a él. Christian Arnsperger nos recuerda que la existencia humana es económica desde el momento en que se trata siempre de relaciones entre sujetos que se necesitan y que intercambian gestos, palabras, miradas, experiencias, conocimientos, símbolos, habilidades, objetos. En ese intercambio, en esa relación, encuentran su pluralidad las individualidades (...).

Consecuencia de estos tiempos de crisis de paradigmas (siendo la crisis económica solo una parte de ella o más bien una relación de causa-efecto) es que los humanos intentamos conectarnos más con la "espiritualidad" como medio para alcanzar la felicidad. Ya no serían los “objetos de deseo” los que nos conducirían a ella, sino más bien la construcción de un estilo de vida que nos lleve a ver la felicidad como a un estado, más que como algo a alcanzar. Ya no sería aquella zanahoria siempre lejana, y que una vez alcanzada haría aparecer otra nueva, una y otra vez, en una rueda interminable. Pero, ¿Qué significa ser "espiritual"? 

En el suplemento Enfoques del día de ayer del diario La Nación, se publicó un artículo muy interesante sobre "la espiritualidad" como tendencia. Dice este artículo:

... Es el sociólogo Alain Touraine... quien ofrece algunas pistas sobre nuestro tema. El advierte sobre el advenimiento de una revolución cultural silenciosa -y lo aclara bien: hay un cambio cultural, no político-, ya en marcha, que nos está conduciendo de una sociedad de conquistadores a otra de autorrealización (...) Con la creación de su concepto de ultramodernidad, el filósofo español José Antonio Marina anuncia la aparición de un paradigma nuevo, tras el fin de la posmodernidad, que nos ayuda a entender en qué contexto se dan estos nuevos modos de ser y ver el mundo. Según Marina, la defensa a ultranza de la individualidad, la libertad, el descreimiento y el puro presente, valores propios de la posmodernidad, entraron en crisis (...) Explica el advenimiento de esta era como una síntesis cultural entre la modernidad y la posmodernidad, es decir, como el ejercicio de una libertad con responsabilidad. Ahora, se incorpora una dimensión ética. Así, mientras en la modernidad imperaban los grandes relatos que no dejaban espacio para las necesidades individuales -capitalismo, marxismo, todos los "ismos"-, el orden, el dogma y las polaridades como izquierda y derecha, o bien colectivo versus individual, la posmodernidad trajo su contracultura. Entonces vinieron el valor del individuo por sobre todo, la emoción, el descontrol, el puro presente, y una carrera segura hacia el sinsentido. Para Marina, entonces, la ultramodernidad vendría a unir lo que antes estaba desunido. Sus palabras emblemáticas son: consenso, equilibrio, el valor de la vida humana, diversidad, respeto. En ese contexto es en donde entra la sed de espiritualidad entendida en un sentido amplio, sin dogmatismos, y no con un tinte religioso.

El desafío y el cambio, están pues, instalados. Ahora será cuestión de cómo cada uno quiera vivir a partir de ello.

1 comentario:

Malala Giambelluca dijo...

Muy interesante Mai.Creo que los mayores valores en estos tiempos son la flexibilidad y la atención.

Uno de los problemas más bravos es no tener tiempo de ocio, tener que salir tipo cuchillo en la boca a pelear por un lugarcito."me levanto corro, soporto, descanzo,me levanto corro, soporto descanzo" esto es alienarse en una tristeza y un error inmensurable.¿ Pero cómo salir?
En los tiempos de ocio uno se crea a uno mismo.Creo que por eso están tan en auge las practicas espirituales y artísticas: es imposible correr todo el tiempo detrás del objeto del deseo. Debe haber un equilibrio! Flexibilidad para adaptarse a los cambios y atención para darse cuenta de lo que es importante.

Gracias por tu precioso espacio.
Cariños,
Malala